O como ganar una etapa de montaña sin irse por el despeñadero
Amable lector, usted puede pensar que esta relación es rebuscada y artificial, pero yo la encuentro del todo pertinente y clarificadora. Se la dedico a todos aquellos que han ganado algunas etapas de montaña, y sobre todo a aquellos que la enfrentarán por primera vez.
Comienza la carrera, el pelotón se mueve a una velocidad constante, con un desarrollo de turismo, así transcurren plácidos kilómetros, los corredores se conocen, se estudian unos a otros, hasta conversan, uno que otro repecho se presenta, lo que obliga a cambiar de desarrollo, pero el pelotón sigue junto, como un grupo de amigos de toda la vida. Es bonita la vida, vista desde la placidez del sillín ergonómico.
La primera campanada la da el primer grupo de escapados, obligan a cambiar de ritmo a salir a buscarlos. Malditos anónimos que no tienen nada que perder, ni nada mejor que hacer. Un poco de cámara, una bonificación por la meta volante, y el jefe de filas que ordena avanzar en abanico para protegerlo del viento. El paseo por la campiña terminó. El amago se neutraliza, después de todo nada que no se conociera, después de todo, somos la creme de nuestro deporte, los elegidos por esa crono individual que ahora se llama PSU.
Transcurridos unos pocos kilómetros que pueden ser meses, o semanas, cuando la etapa parecía condenada al tedio y al desconcierto, viene el primer puerto de montaña. Comienza abrupto y breve, con metas volantes que nos obligan a desprendernos de los demás. En la montaña el team sirve de poco, sólo uno que otro fiel escudero acompaña al líder marcándole el ritmo, indicándole que lo siga a su rueda. Cada meta volante, una bonificación para los escapados, un empate para el grupo, una penalización, tal vez el abandono para aquellos que la miraron con desprecio al comienzo. La montaña se venga, la montaña devora piernas, pero la montaña también premia.
Promediando la mitad de la etapa, el pelotón se ha disgregado, los equipos tratan de recomponer fuerzas aprovechando la tregua dada por la montaña. El jefe de filas ordena esperar al compañero de equipo caído, mal que mal estaba dentro de las posibilidades. Una caída, un pinchazo, un despiste, somos humanos. Joder y el afán por los resultados que exigen nuestros padres/auspiciadores!
El ataque a la meta final se aproxima, ya no hay clasificatorias, ni puntajes, ni veinte puntos. Ya no hay padrinos que valgan, ni dolores, ni molestias, ni sobrecarga, ni estrés. La montaña está ahí reclamando su atención, es ahora, no mañana. Es el corredor, la bicicleta, sus piernas, el trabajo del año y sobre todo su entereza. (Madre mía, por qué no me preparé antes para correr esa milla extra).Comienza el ascenso, el puerto de montaña de categoría especial presenta cinco metas volantes, una a una dispuestas, todas escarpadas, todas individuales. No sólo hay que llegar, hay que llegar dentro de crono para no desclasificar, cada meta volante un nuevo comenzar. Los más fuertes aprovecharán el envión anímico que les inyecta alcanzar la primera y la segunda. Las piernas fallan, cambio de desarrollo, las dudas aumentan –me habré preparado lo suficiente?- y el jefe de filas que parecía un amigo se ha desprendido del grupo, dejó al equipo y cuan Lance Armstrong atacando el Alpe d´Huez, se ha olvidado de su escudero, del equipo y de lo difícil que es avanzar –por dios que cuesta avanzar-. El jefe de filas erigido en paladín de la montaña los espera para premiar o penalizar. Bajo cuatro llegas fuera de crono y estás out, con dos puntos más tienes el maillot jaune. El boss no tiene problemas para ofrendar o sacrificar, pero es ella, la montaña, la que sí os quiere devorar. Es que es la come piernas: BIENVENIDOS A LA ETAPA REINA!
jueves, 13 de marzo de 2008
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